jueves 4 de febrero de 2010

Orígenes de la lírica castellana

Hasta el siglo XX, se sostenía que la historia de la literatura española se iniciaba con el Poema del Mío Cid (siglo XII). Con la aparición de las jarchas (pequeñas estrofas en lengua vulgar romance) al final de las muwassahas (composiciones poéticas árabes o hebreas), el comienzo se adelanta en más de un siglo.

Algunos ejemplos:

Garib vos, ay yermanelas
com' conteneré meu mali?
Sin el habid non vivireyu
e volarey demandari.

(Decid, vosotras, oh hermanillas,
¿cómo refrenaré mi pesar?
Sin el amado yo no viviré,
y volaré a buscarlo.)

***

¿Qué farayu o qué serád de mibi?
Habibi, non te tolgas de mibi.

(Amigo, ¡no te apartes de mí!
¿Qué haré, qué será de mí si tú me dejas?)

***

Com si fiyol alyenu,
non mas adormis a meu senu.

(Como si fueras un hijo ajeno,
ya no duermes sobre mi pecho.)


Otros ejemplos en:
http://www.jarchas.net/

miércoles 3 de febrero de 2010

¿Qué pasó en la clase hoy?

FEBRERO
Lo bueno... lo malo... lo claro... lo oscuro...

lunes 1 de febrero de 2010

Un regalito


Este poema es de Amarilis Tavárez, escritora
puertorriqueña actual. Estoy segura que les va a gustar.
Entren a:
http://www.youtube.com/watch?v=1Rb254rH3zM

martes 19 de enero de 2010

ESTAR ENAMORADO

Bienvenid@s a este nuevo semestre. Les invito a disfrutar este poema y agradezco a Carlos Vázquez por recordármelo.

(Francisco L. Bernárdez, argentino)

Estar enamorado, amigos, es encontrar el nombre justo de la vida.
Es dar al fin con la palabra que para hacer frente a la muerte se precisa.
Es recobrar la llave oculta que abre la cárcel en que el alma está cautiva.
Es levantarse de la tierra con una fuerza que reclama desde arriba.
Es respirar el ancho viento que por encima de la carne se respira.
Es contemplar desde la cumbre de la persona la razón de las heridas.
Es advertir en unos ojos una mirada verdadera que nos mira.
Es escuchar en una boca la propia voz profundamente repetida.
Es sorprender en unas manos ese calor de la perfecta compañía.
Es sospechar que, para siempre, la soledad de nuestra sombra está vencida.

Estar enamorado, amigos, es descubrir donde se juntan cuerpo y alma.
Es percibir en el desierto la cristalina voz de un río que nos llama.
Es ver el mar desde la torre donde ha quedado prisionera nuestra infancia.
Es apoyar los ojos tristes en un paisaje de cigüeñas y campanas.
Es ocupar un territorio donde conviven los perfumes y las armas.
Es dar la ley a cada rosa y al mismo tiempo recibirla de su espada.
Es confundir el sentimiento con una hoguera que del pecho se levanta.
Es gobernar la luz del fuego y al mismo tiempo ser esclavo de la llama.
Es entender la pensativa conversación del corazón y la distancia.
Es encontrar el derrotero que lleva al reino de la música sin tasa.

Estar enamorado, amigos, es adueñarse de las noches y los días.
Es olvidar entre los dedos emocionados la cabeza distraída.
Es recordar a Gracilaso cuando se siente la canción de una herrería.
Es ir leyendo lo que escriben en el espacio las primeras golondrinas.
Es ver la estrella de la tarde por la ventana de una casa campesina.
Es contemplar un tren que pasa por la montaña con las luces encendidas.
Es comprender perfectamente que no hay fronteras entre el sueño y la vigilia.
Es ignorar en qué consiste la diferencia entre la pena y la alegría.
Es escuchar a medianoche la vagabunda confesión de la llovizna.
Es divisar en las tinieblas del corazón una pequeña lucecita.

Estar enamorado, amigos, es padecer espacio y tiempo con dulzura.
Es despertarse una mañana con el secreto de las flores y las frutas.
Es libertarse de sí mismo y estar unido con las otras criaturas.
Es no saber si son ajenas o si son propias las lejanas amarguras.
Es remontar hasta la fuente las aguas turbias del torrente de la angustia.
Es compartir la luz del mundo y al mismo tiempo compartir su noche oscura.
Es asombrarse y alegrarse de que la luna todavía sea luna.
Es comprobar en cuerpo y alma que la tarea de ser hombre es menos dura.
Es empezar a decir “siempre” y en adelante no volver a decir “nunca”.
Y es además, amigos míos, estar seguro de tener las manos puras.

¿Dónde está Dios?

Por: Luis Rafael Sánchez, escritor puertorriqueño
(Publicado en EL NUEVO DÍA, el martes, 19 de enero)

Increpar a Dios es más antiguo que rascarse. Al momento de la crucifixión Jesucristo le pide cuentas por vía de las palabras que recoge el apóstol Mateo:- “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?”. Moisés, líder de los israelitas, le pregunta, en tono de queja airada:- “¿Por qué tratas mal a tu servidor, por qué no hallo gracia a tus ojos?”. Y ni hablar de Job, quien dialoga con el mismísimo Dios sobre sus sufrimientos:- “¿Por qué no morí al salir del seno, cuando salí del vientre no expiré?”.

La desigual relación del hombre con Dios precipita un infinito memorial de agravios. ¿Será porque la sublime emoción de la fe se confunde, peligrosamente, con la dependencia tóxica a lo sobrenatural? Pienso en ello mientras releo el comentario de un sobreviviente al nuevo calvario haitiano. Lo recoge la periodista Mabel Figueroa:- “Se supone que vivamos amando a Dios, pero, ¿dónde está Dios? Él no está aquí”.

Sin la ironía capciosa que activa el fiel creyente Jean Pierre Loubrous, legitimada por el dolor sin tregua que prospera a su alrededor, un descreído irremediable como yo ha sabido preguntar algo parecido, en ocasión de viajar a Haití.

Corrían los tiempos de calvario dictatorial. Desgobernaba el canalla Francois Duvalier. Durante seis días no hallé dónde poner los ojos que no fuera recuerdo de la miseria. Regresé a Puerto Rico con lo puesto, me avergonzaba el equipaje. Regalé cuanto tenía a algunos haitianos que merodeaban por la acera frente al hotel donde me alojaba.

Posibilitar la chiripa era su ocupación -guiar al turista al Mercado de Hierro, a la habitación de un artesano, a una ceremonia nocturna de vudú. Fingían esperar a amigas o amigos porque, a corta distancia, quedaba el palacio presidencial y se perseguía a los “holgazanes”. Desde luego, el palacio presidencial no era el lugar donde vivía y trabajaba el ciudadano presidente, sí donde se gestionaba el saqueamiento económico, intelectual y espiritual del país: garantizaban el saqueamiento las bandas de asesinos compuestas por los “tonton-macoutes”.

Las dictaduras se heredan: durante mi segundo viaje a Haití gobernaba Jean Claude Duvalier, canalla como quien lo engendró, pero rigurosamente imbécil. Acababa de celebrar su boda, de una fastuosidad que repugnaba. La boda mereció la portada de la revista Hola: desde luego por fastuosa, no por repugnante. Otra vez regresé a Puerto Rico con lo puesto. La visión del callejeo incesante de tantas vidas condenadas al desempleo y la improductividad fue la sorpresa imborrable de aquel viaje. Sin embargo, creí percibir señales primigenias de hartazgo del desgobierno de Bola de Grasa. Cayó sí, pero se llevó consigo la bicoca de cien millones de dólares.

Las democracias copian los vicios de las dictaduras: durante mi tercer viaje a Haití ocupaba la presidencia Jean-Bertrand Aristide. El realce de la imagen mesiánica de quien hasta decente parecía creó unas expectativas exageradas de alivio social. A meses escasos de juramentar se desataron la expoliación y la corruptela. Pronto el paupérrimo pueblo haitiano se volvió pauperrísimo. Pronto se reinstaló la puntual mudanza de dineros públicos a cuentas privadas. Pronto se hizo cristalino que el calvario alegoriza la historia general de Haití.

¿O no es un calvario el secuestro de pueblos africanos enteros, más su traslado a un mundo distante, más su reducción a fuerza laboral esclava? ¿Y no es otro el alzamiento contra la invasión napoleónica, más la forja de la primera república de negros libertos y primera independencia latinoamericana? ¿Y no tiene sustancia de calvario el enfrentamiento a la invasión norteamericana, las hambrunas, los huracanes furiosos, los terremotos de intensidad sobrecogedora, los daños que ocasiona una naturaleza “hostil”?

Rodeado de muertos sin sepultura, rodeado de sobrevivientes sin amparo, el ciudadano haitiano Jean Pierre Loubrous pregunta dónde está Dios. Sospecho que pregunta por creer en él a pie juntillas. Pues sólo echamos de menos lo que amamos a profundidad: gente, animales, paisajes, cosas como caricias. Incluso dioses ausentes y olvidadizos.