Por: Luis Rafael Sánchez, escritor puertorriqueño
(Publicado en EL NUEVO DÍA, el martes, 19 de enero)
Increpar a Dios es más antiguo que rascarse. Al momento de la crucifixión Jesucristo le pide cuentas por vía de las palabras que recoge el apóstol Mateo:- “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?”. Moisés, líder de los israelitas, le pregunta, en tono de queja airada:- “¿Por qué tratas mal a tu servidor, por qué no hallo gracia a tus ojos?”. Y ni hablar de Job, quien dialoga con el mismísimo Dios sobre sus sufrimientos:- “¿Por qué no morí al salir del seno, cuando salí del vientre no expiré?”.
La desigual relación del hombre con Dios precipita un infinito memorial de agravios. ¿Será porque la sublime emoción de la fe se confunde, peligrosamente, con la dependencia tóxica a lo sobrenatural? Pienso en ello mientras releo el comentario de un sobreviviente al nuevo calvario haitiano. Lo recoge la periodista Mabel Figueroa:- “Se supone que vivamos amando a Dios, pero, ¿dónde está Dios? Él no está aquí”.
Sin la ironía capciosa que activa el fiel creyente Jean Pierre Loubrous, legitimada por el dolor sin tregua que prospera a su alrededor, un descreído irremediable como yo ha sabido preguntar algo parecido, en ocasión de viajar a Haití.
Corrían los tiempos de calvario dictatorial. Desgobernaba el canalla Francois Duvalier. Durante seis días no hallé dónde poner los ojos que no fuera recuerdo de la miseria. Regresé a Puerto Rico con lo puesto, me avergonzaba el equipaje. Regalé cuanto tenía a algunos haitianos que merodeaban por la acera frente al hotel donde me alojaba.
Posibilitar la chiripa era su ocupación -guiar al turista al Mercado de Hierro, a la habitación de un artesano, a una ceremonia nocturna de vudú. Fingían esperar a amigas o amigos porque, a corta distancia, quedaba el palacio presidencial y se perseguía a los “holgazanes”. Desde luego, el palacio presidencial no era el lugar donde vivía y trabajaba el ciudadano presidente, sí donde se gestionaba el saqueamiento económico, intelectual y espiritual del país: garantizaban el saqueamiento las bandas de asesinos compuestas por los “tonton-macoutes”.
Las dictaduras se heredan: durante mi segundo viaje a Haití gobernaba Jean Claude Duvalier, canalla como quien lo engendró, pero rigurosamente imbécil. Acababa de celebrar su boda, de una fastuosidad que repugnaba. La boda mereció la portada de la revista Hola: desde luego por fastuosa, no por repugnante. Otra vez regresé a Puerto Rico con lo puesto. La visión del callejeo incesante de tantas vidas condenadas al desempleo y la improductividad fue la sorpresa imborrable de aquel viaje. Sin embargo, creí percibir señales primigenias de hartazgo del desgobierno de Bola de Grasa. Cayó sí, pero se llevó consigo la bicoca de cien millones de dólares.
Las democracias copian los vicios de las dictaduras: durante mi tercer viaje a Haití ocupaba la presidencia Jean-Bertrand Aristide. El realce de la imagen mesiánica de quien hasta decente parecía creó unas expectativas exageradas de alivio social. A meses escasos de juramentar se desataron la expoliación y la corruptela. Pronto el paupérrimo pueblo haitiano se volvió pauperrísimo. Pronto se reinstaló la puntual mudanza de dineros públicos a cuentas privadas. Pronto se hizo cristalino que el calvario alegoriza la historia general de Haití.
¿O no es un calvario el secuestro de pueblos africanos enteros, más su traslado a un mundo distante, más su reducción a fuerza laboral esclava? ¿Y no es otro el alzamiento contra la invasión napoleónica, más la forja de la primera república de negros libertos y primera independencia latinoamericana? ¿Y no tiene sustancia de calvario el enfrentamiento a la invasión norteamericana, las hambrunas, los huracanes furiosos, los terremotos de intensidad sobrecogedora, los daños que ocasiona una naturaleza “hostil”?
Rodeado de muertos sin sepultura, rodeado de sobrevivientes sin amparo, el ciudadano haitiano Jean Pierre Loubrous pregunta dónde está Dios. Sospecho que pregunta por creer en él a pie juntillas. Pues sólo echamos de menos lo que amamos a profundidad: gente, animales, paisajes, cosas como caricias. Incluso dioses ausentes y olvidadizos.